Llevo tiempo intentando eludir el tema, pero creo que es bueno que aflore, y quizás así el trauma, en compañía, sea más llevadero.
Mis gatas.
Yo siempre había querido tener gatos. Esperaba a que mis padres no estuvieran en casa para introducirlos sibilinamente y luego les enseñaba cuatro ojitos de cordero degollado (dos míos y dos del gato), procurando que colara el ardid - y no estamos hablando de los ocho años, creo que dejé de hacerlo el año antes de independizarme- Pero, o me lo secuestraban y le daban otro hogar, o el gato se escapaba. Otras veces los escondía en el bolso y me los llevaba a la facultad (ése fue el que se fugó), pero tal acto de consideración no era apreciado por el gato, que solía vengarse de mí arañando el sofá de mi padre, quien desde entonces tiene la vena yugular hiperdesarrollada.
Mi madre, sin embargo, los disfrazaba.
Así que, catorce gatos después, decidí que si me independizaba algún día tendría, como mínimo, un gato. Algún día llegó y dos o tres semanas después ya estaba con nosotros Leela, una bonita gata blanca con el rabo y la oreja negros, y dos grandes ojos azules (¡no uno, sino dos!), mu señoritinga, tranquila, con buenos hábitos y obediente.

Pero en toda vida familiar siempre hay un Damian, un Omen demoníaco, una posesión infernal, un critter peludo al que hay que vigilar continuamente y lavar periódicamente con agua bendita:
Mis gatas.
Yo siempre había querido tener gatos. Esperaba a que mis padres no estuvieran en casa para introducirlos sibilinamente y luego les enseñaba cuatro ojitos de cordero degollado (dos míos y dos del gato), procurando que colara el ardid - y no estamos hablando de los ocho años, creo que dejé de hacerlo el año antes de independizarme- Pero, o me lo secuestraban y le daban otro hogar, o el gato se escapaba. Otras veces los escondía en el bolso y me los llevaba a la facultad (ése fue el que se fugó), pero tal acto de consideración no era apreciado por el gato, que solía vengarse de mí arañando el sofá de mi padre, quien desde entonces tiene la vena yugular hiperdesarrollada.
Mi madre, sin embargo, los disfrazaba.
Así que, catorce gatos después, decidí que si me independizaba algún día tendría, como mínimo, un gato. Algún día llegó y dos o tres semanas después ya estaba con nosotros Leela, una bonita gata blanca con el rabo y la oreja negros, y dos grandes ojos azules (¡no uno, sino dos!), mu señoritinga, tranquila, con buenos hábitos y obediente.

Pero en toda vida familiar siempre hay un Damian, un Omen demoníaco, una posesión infernal, un critter peludo al que hay que vigilar continuamente y lavar periódicamente con agua bendita:

